La sanación desde la tradición: la reconstrucción del tejido kankuamo después de la guerra (1996-2005) a partir de las voces de las mujeres de la OMIK - Narrativas y experiencias interculturales. Pedagogías y metodologías alternativas - Libros y Revistas - VLEX 748488761

La sanación desde la tradición: la reconstrucción del tejido kankuamo después de la guerra (1996-2005) a partir de las voces de las mujeres de la OMIK

Autor:Pauline Ochoa León
Páginas:105-149
 
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La sanación desde la tradición: la reconstrucción
del tejido kankuamo después de la guerra
(1996-2005) a partir de las voces
de las mujeres de la omik*
Pauline Ochoa León**
Imagen 1. Río Guatapurí, Chemesquemena, departamento del Cesar, Colombia
Fuente: fotografía de Carlos Gallardo, 2014
Preámbulo
Entre el 2000 y el 2006 Colombia pasó por uno de los momentos más dra-
máticos en cuanto a la violencia generada por el conflicto armado. Por aque-
llos años, los asesinatos selectivos y el desplazamiento forzado aumentaron
* La omik es la Organización de Mujeres Indígenas Kankuamas.
** Este capítulo lo construí a partir de mi investigación doctoral titulada Entre la negociación y
la contestación. De cómo los líderes y lideresas kankuamos han construido un proyecto de pueblo (2017).
En este relato los nombres propios de las personas han sido cambiados con el fin de protegerlos.
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exponencialmente. Ahora bien, según el Centro de Memoria Histórica
cmh—, los indígenas fueron la población que proporcionalmente sufrió más
esta victimización en aquel tiempo, y particularmente los kankuamos fueron
uno de los pueblos más afectados, especialmente por la violencia paramilitar,
superados solo por el pueblo nasa. Esto tuvo dos efectos en los kankuamos:
por un lado, provocó el desplazamiento forzado de las comunidades de Mu-
rillo y Río Seco, y, por el otro, generó la atención que recibieron por parte
del Sistema Interamericano de Derechos Humanos — sidh—. Así, el pueblo
fue objeto de medidas cautelares y provisionales con el fin de proteger la vida
de sus integrantes, pues se encontraban en una situación crítica tras más de
trescientas muertes y de una negligencia del Estado en el deber de protegerlos.
Es así que los kankuamos, además de ser uno de los pueblos más gol-
peados por el conflicto armado en Colombia en los últimos años, han sido
objeto también de fuertes debates al interior de la antropología colombiana
en virtud de su etnicidad. Ellos se configuran como uno de los cuatro pue-
blos ancestrales de la Sierra Nevada de Santa Marta —snsm—, región que
ha sido prolíficamente abordada por la antropología nacional. Sin embargo,
por mucho tiempo existió un consenso antropológico en torno a la defini-
tiva transición al campesinado del pueblo kankuamo (Dussán y Reichel-
Dolmatoff, 2011 [1961]), al tiempo que se consolidaba el interés académico
por estudiar los otros pueblos de la Sierra, particularmente los koguis y los
arhuacos. No obstante, desde la década de los noventa del siglo xx el pue-
blo kankuamo comenzó a renacer, lo que implicó un proceso organizativo
para ellos, en el contexto de la nueva Constitución Política de 1991 y de la
creciente presión sobre sus territorios como consecuencia de la ampliación
de los resguardos indígenas constituidos en la década de los ochenta. Este
proceso ha estado atravesado por las dinámicas de la guerra paramilitar que
se instaló en sus territorios en la década de los noventa (1996). Por lo tanto,
convergen dos situaciones: por un lado, el renacer kankuamo, y, por el otro,
la amenaza a este proceso y a la vida misma de los kankuamos expuestos a
la violencia paramilitar. Cabe mencionar que recientemente (2017) fueron
quemadas las casas ceremoniales de Guatapurí sin que aún se sepa quiénes
fueron los responsables.
Muchas de las mujeres con las trabajé en esta investigación vivían prin-
cipalmente en Ramalito, Atánquez, Chemesquemena y Guatapurí. Ramalito
es uno de los lugares más interesantes del territorio kankuamo, pues en sus
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alrededores está Kargamintukua, el principal sitio de donde los kankuamos
sacan las piedras para hacer sus pagamentos. Cuando los antropólogos Adriana
Pumarejo y Patrick Morales (2003) estuvieron en el territorio kankuamo para
hacer el trabajo de campo de su tesis de pregrado, como dato anecdótico les
contaron que de allí llevaron las piedras para hacer la iglesia que se encuentra
en la plaza de Atánquez y que es la misma en la que está enterrado, bajo el
campanario, el mamo Tutaka.
Atánquez es el corazón del territorio kankuamo. Esto me lleva a un se-
gundo punto que quiero destacar y es que, si bien los habitantes serranos
han sido objeto de interés antropológico desde el siglo xix, Atánquez y sus
habitantes, en tanto parte de la Sierra Nevada, fueron también antropológi-
camente analizados en desmedro de otras localidades kankuamas, las cuales
han sido fundamentales en el renacer del pueblo. Así, tanto Alicia Dussán y
Gerardo Reichel-Dolmatoff como Patrick Morales sustentaron sus investi-
gaciones en lo que observaron allí. Primero los esposos Reichel-Dolmatoff
escogieron Atánquez como su centro de estancia y observación (1951-1952).
De las dinámicas sociales de Atánquez infirieron todas sus observaciones con
respecto a los procesos de cambio y contacto cultural en boga por esa época.
Cincuenta años después Patrick Morales también escogió Atánquez como
protagonista de su investigación. Él se centró en la fiesta más importante de
este pueblo: el Corpus Christi, que coincidía con la celebración del solsticio
de verano, para mostrar cómo esta era un espacio de rememoración de la
geografía sagrada kankuama. Atánquez era importante porque allí estaban
muchas redes de pagamento que se conectaban con otros puntos de paga-
mento de la geografía serrana.
Por supuesto Atánquez tiene un significado importante, pero tal pro-
tagonismo ha opacado dos comunidades importantes: Chemesquemena y
Guatapurí. Estas se fundaron hace relativamente poco, a finales del siglo xix,
a orillas del río Guatapurí, a varios kilómetros de Atánquez cuando, agobia-
dos por las olas de migrantes, algunos kankuamos decidieron buscar tierra
en otros lados. Para Pumarejo y Morales (2003), la historia de fundación de
estos pueblos estuvo relacionada con la resistencia de los kankuamos a la pe-
netración misionera en su territorio. Chemesquemena fue fundada por mamo
Cheme, un mamo mítico del pueblo kankuamo que está enterrado allí, bajo
su piedra de pagamento. También se fue a Chemesquemena el mamo Manuel
Montero, el carricero principal de la fiesta de San Isidro Labrador.

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