Liderazgos 'colectivos' desde la palabra dulce: Escuela de Mujeres Amazónicas - Narrativas y experiencias interculturales. Pedagogías y metodologías alternativas - Libros y Revistas - VLEX 748488749

Liderazgos 'colectivos' desde la palabra dulce: Escuela de Mujeres Amazónicas

Autor:Ángela Santamaría Chavarro
Páginas:1-28
 
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1
Liderazgos “colectivos” desde la palabra dulce:
Escuela de Mujeres Amazónicas
Ángela Santamaría Chavarro*
Introducción
Nosotras tenemos nuestras parteras, somos tejedoras, pero no
nos valoramos lo suficiente. Ante las críticas de nuestro trabajo
hemos concluido con las abuelas que se debe responder con
tranquilidad para fortalecerse. Uno nunca está preparado
para los procesos que le toca liderar. La educación se les da
a las niñas, pero los padres no las apoyan. Yo recuerdo a mi
papá que no nos quería comprar lápices. Él decía ustedes
son mujeres y se van a ir con sus maridos. En mi caso, fue
una profesora que me dijo: “todo se puede en la vida, llénese
de valor”. Y tuve que salir de la comunidad al pueblo a los
13 años, y comencé a trabajar de día y a estudiar de noche.
El estómago me chillaba del hambre, y después de mucho
esfuerzo llegué a Fusagasugá y estudié enfermería.
¡Todo se puede mujeres!
Nazareth, Inírida, 2014
* Profesora titular de la Universidad del Rosario (Colombia). Profesora del Centro de Paz
y Conflicto. Directora de la Escuela Intercultural de Diplomacia Indí gena de la Universidad del
Rosario.
Narrativas y experiencias interculturales
2
Mi cuerpo “sin órganos”
Mis piernas
Mis piernas tiemblan, lloran, gritan. Mis piernas tienen
memoria.
Ellas contienen mis pasos en falso, también los buenos pasos.
Son fuertes como rocas, blancas, sólidas como tierra firme.
Son iguales a las de mi madre, a las de mi abuela. No quiero
cercenarlas, moldearlas con una lipo-metamorfosis.
Mis dientes.
Son grandes, blancos como los del conejo. Tiemblan cuando
hay dolor y me hacen tensar la espalda y el cuello como un
violonchelo. Para qué moldear mi sonrisa en una ortopedia
ortodontística.
Mi boca.
Mi boca delgada, suave como una línea. Es la misma de mi
abuela Carmenza. Cada vez que sonrío, ella vive en mí.
¿Por qué quieren que la cambie por unos labios carnosos,
inyectados con silicona?
Mis caderas.
Mis caderas no son de 90, son de más de 110. Han albergado
2 hijos, sus gemidos, su calor, su tristeza. Allí se crearon cuatro
pares de ojos, dos azules y dos negros. También habitó una
niña, de ojos negros azulados. Mi hija no nacida, mi blanca
nieves suicidada.
Memorias de Frida Recargada, 2014
Mujer 1: la narradora
Mi experiencia como madre soltera a los 18 años, el asumir la crianza de mi
hijo sola al lado de compañeros esporádicos que me “amaban” a mí, pero
que nunca asumieron una paternidad responsable de un “hijo ajeno” hizo de
mí, desde muy joven, una “novia” señalada, estigmatizada como la de Marcel
Duchamp. Recuerdo que varios de mis pretendientes a mis 19 años nunca
se atrevieron a entablar una relación sentimental conmigo porque era una
mujer soltera con un “hijo”. Por alguna razón que yo no entendía, tener un
hijo era como una enfermedad. Cada vez que mis padres me presentaban a
nuevos amigos mi maternidad y soltería eran interpretadas como la ausencia,
el vacío, lo ilegítimo.

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